Pregunta. ¿Cómo organizó
ese trayecto artístico a Venecia?
Respuesta. Ha sido mi contribución anual a la estupidez humana.
Estas cosas no son más que un escaparate para pasar el rato. Los grandes
eventos culturales no tienen nada que ver con los del pasado. Son citas
sociales.
P. O grandes tiendas.
R. Hoy se vende casi todo. Pero esos lugares no son territorio
del arte. Todo da igual. Lo importante es que seas un buen publicista
para saber vender cuadros como si fueran bonos.
Estrella de Diego, entrevistada por Jesus
Mantilla. EL PAIS, 17 Agosto 2001.
Resulta desconcertante el tono frívolo con que la comisaria del Pabellón
se refiere a la exposición que ha organizado para representar a nuestro
país en la Bienal de Venecia. Bien es cierto que este año la edición ha
dejado en su conjunto mucho que desear y que una tormenta de críticas
ha cuestionado la visión general aportada por Harald Szeemann. Sin embargo,
la Bienal de Venecia es cita obligada para casi todos los especialistas
internacionales en arte actual -además de una gran cantidad de espectadores
de a pie, que también merecen un respeto- y parecería lógico que el Ministerio
de Exteriores, tan empeñado en protagonizar en exclusiva la política cultural
española en el extranjero, se tomara estas citas más en serio (aunque
sólo fuera porque se financian con dinero del erario público). Si valoramos
los resultados de esa política por el grado habitual de presencia de artistas
españoles en las grandes citas internacionales, dejando a un lado las
frivolidades de sus comisarios, tendríamos en todo caso que seguir puntuándola
muy bajo. Toda vez que esa presencia es normalmente muy escasa, si exceptuamos
la de un par de artistas que tuvieron a tiempo la lucidez de hacer, o
al menos terminar, su carrera fuera (el último ejemplo apabullante es
el de Santiago Sierra). Estando esa política cultural en manos del mismo
responsable de haber hundido durante años de esfuerzo enconado el prestigio
internacional del Reina Sofía como Centro de Arte Contemporáneo, lo cierto
es que lo que faltan son motivos para sorprenderse.
Pero centrémonos en la propuesta llevada, abandonando las valoraciones
de la política cultural que las impulsa para mejor ocasión. Dos son las
exposiciones, y hay un par de rasgos que ambas tienen en común y es de
reconocerles. El primero: que intentan plantearse como exposiciones de
tesis, temáticas, no limitándose a hacer una lista de preferidos. El segundo:
que han elegido trabajar con artistas jóvenes, rompiendo una querencia
que tendía a hacer pensar que España tomaba aquella cita no ya como escaparate,
sino como mausoleo.
Por
lo que a la primera exposición se refiere la tesis es que Venecia es el
viaje –el viaje, Venecia, Constantinopla, Estambul, el mundo, ya saben.
Una tesis muy de historiador leído que de Marco Polo a Pound, de Proust
a Brodsky, sabe que Venecia es la ciudad en la que siempre se recorre
el viaje anterior, de otro –y en la que el habitante del mundo se descubre
enaltecido en su inherente condición trashumante, viajera. El intento
de trasponer esa idea, tan sugerente en sí misma para una novela, al concepto
aggiornado de “traducción cultural” –la pirueta es peculiar, reconozcámoslo-
fracasa estrepitosamente: el único viaje reescrito allí es el que la comisaria
intenta que los artistas materialicen (el suyo: el de sus lecturas). Pero
ellos, que se ve que han leido menos Paul Morand o Henry James, no caen
en la trampa y se enrrollan únicamente con su viaje propio (un viaje en
el que el famoso concepto de “traducción cultural” acaba muy pronto aparcado).
El viaje de Ana Laura Aláez es, un poco más, hacia sí misma, como inextricable
ombligo del mundo. Aquella
enternecedora fase en que Aláez retrataba la frágil condición de la subjetividad,
diseminada en los artilugios que la producían como mera superficie, viene
cada vez más dejando paso a un ensimismamiento ensoberbecido en que ese
constituirse superficial se afirma con la fatuidad de la presunción –“chicas,
ha nacido una estrella”. Del borde de la neurosis productiva al ensimismamiento
narcisista no hay más que un paso, y la reciente sucesión de instalaciones
cuyo motivo constante es el recreamiento onanista y autocomplacido en
la visión de sí misma, en permanente bucle, parece haberlo cruzado. En
cuanto al viaje de Javier Pérez a esta Venecia-Mundo resulta ser una pura
y frágil alegoría: su mapa se transfigura en cúpula inversa de cristal
–que allí en Murano lo soplan mucho- que metaforiza el peligro sustancial
de un mundo amenazado. Aunque ambas instalaciones tienen muy poco en común,
y del viaje a Venecia y lo de la traducción cultural se ven pocos rastros,
hay sin embargo algo que indudablemente comparten. Digamos, la teatralidad
mantenida del montaje, solemne pero como que muy chic. Para que
se hagan una idea: algo a medio camino entre un escenario Bob Wilson y
una sucesión de ambientes del Café del Mar.
Por lo que se refiere a la segunda entrega, Ofelias y Ulises,
parece guiada por un propósito en principio también interesante: el de
aportar elementos para el desmantelamiento de algunos estereotipos de
género –probablemente aquellos que tradicionalmente se relacionaban con
el orden y los usos amorosos más característicos de la fauna ibérica.
Así,
estas Ofelias constituirían eventualmente una alternativa crítica a la
“mujer-mujer” de Aznar, y en cierta forma los Ulises dejarían muy atrás
los hábitos presupuestos tanto al últimamente revalorizado latin-lover
como al más tradicional macho carpetobetónico. El caso es que las nuevas
Ofelias, sin embargo, se parecen demasiado a las de siempre, y aunque
su biología problematice a veces sus cualidades para ello en algún aspecto,
lo cierto es que en el nuevo esquematismo amoroso que se propone ellas
siguen siendo las pasivas, siempre dispuestas a morirse de amor.
Tendidas y añorantes, sus héroes –estos nuevos Ulises- entretanto viajan.
Es verdad que su viaje no siempre está movido por el afán guerrero de
conquista de nuevos territorios o experiencia, y aquí es donde empieza
un poco la confusión: la figura de este nuevo Ulises ilustra lo mismo
memorias particulares de estancias estivales en las playas con la family
que el problema de la inmigración, con toda la gravedad social que
conlleva el tema en nuestro país. Es ahí donde el desenfado general con
que la exposición plantea tesis eludiendo plantearlas resulta ya más hiriente.
No parece que cuestiones así deban mezclarse en un batiburrillo tan equívoco,
en el que no hay forma de saber si se plantean temas políticos, de género,
de alcance social o de memoria particular de un grupo de amiguetes.
Si uno contrasta esta actuación con, por ejemplo, la desplegada por Finlandia,
entiende bien que entre las razones del escaso reconocimiento que nuestros
artistas reciben por parte de la escena internacional se cuenta la muy
mala política de promoción cultural que, de modo sistemático, realiza
nuestro país en el exterior. Sería bueno ofrecer una visión mejor construida
de lo mucho y muy interesante que se está realizando entre nosotros y
en qué sentido ello participa de los debates que hoy por hoy estructuran
la agenda internacional. Ahora, si la forma en que ello se pretende lograr
es apadrinando esta estética vacía y ya un poquito gagá de clubes,
travestismos y moderneces impostadas varias, el intento de parecer que
se está a la moda no alcanzará para engañar a casi nadie.
Como mucho se habrán montado “escaparates para pasar el rato”, y en ellos
únicamente se habrá rendido un tributo más a la aludida estupidez humana.
Pero tal vez eso, en efecto, es lo que se pretendía ...
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